Putin planta cara al expansionismo de la OTAN
El pasado domingo 15 de julio la prensa accidental anunciaba la terrible noticia: “Putin dispara la tensión armamentística con Occidente” (portada del diario español “El País”).
Después de cotejar la información con otras agencias, confirmamos nuestra sospecha: se trataba de una burda mentira más al servicio de EEUU.
En realidad lo que ocurrió el sábado 14 fue que Putin firmó un decreto por el que la Federación Rusa suspende su compromiso con el Tratado CFE, que limita las armas convencionales en Europa, visto que los países de la OTAN siguen sin ratificar su revisión de 1999 –firmada ya por Rusia– y que sus fuerzas cierran aún más el cerco sobre el flanco occidental ruso. El decreto firmado el sábado por el presidente ruso establece 150 días de plazo para que los países de la OTAN aludidos reconsideren su situación y el Tratado CFE, vigente desde 1990, no muera definitivamente.
Los motivos aducidos por la OTAN desde hace ocho años para no ratificar la revisión del Tratado CFE son la presencia de contingentes militares rusos en Georgia y Moldavia. Mera disculpa. Los motivos reales son sencillamente que el Tratado, en su versión original y en el contexto actual, favorece a la OTAN -recordemos: al servicio de los intereses hegemonistas de EEUU- y perjudica la defensa y seguridad de la Federación Rusa.
En efecto, mientras la Federación Rusa ha respetado sus compromisos internacionales y ha practicado una política de contención militar, EEUU, por el contrario, ha llevado la guerra a Afganistán e Irak, desplegando allí su todopoderoso ejército, ha incrementado sus bases militares junto a las fronteras rusas y ahora planea instalar elementos de su “escudo antimisiles” en la República Checa y Polonia. Ni estos dos países ni tampoco Bulgaria, Hungría, Rumanía y Eslovaquia, han reestructurado sus fuerzas tras su ingreso en la OTAN conforme al Tratado CFE. Tampoco Estonia, Letonia y Lituania -satélites de EEUU- aplican el Tratado, lo que crea de facto un entorno libre de restricciones en armamentos y fuerzas convencionales “no amigas” -por no decir abiertamente “hostiles”- en las fronteras con Rusia.
La iniciativa de esta nueva tensión partió de EEUU cuando el 13 de junio de 2002 se retiró del Tratado ABM para poner en marcha su proyecto de “escudo antimisiles”.
Un escudo antimisiles es un sistema defensivo diseñado para interceptar y destruir misiles nucleares en su trayectoria hacia el objetivo. Tratándose de un sistema no ofensivo algunos no entienden que levante tanta polémica. Y lo cierto es que un sistema así rompe el equilibrio estratégico entre potencias nucleares enfrentadas. Nos explicamos: la disuasión nuclear -eso que ha evitado una guerra nuclear hasta ahora- se basa en el “temor” a un contraataque enemigo. Pero, si una potencia nuclear además de contar con su capacidad ofensiva cuenta con la “seguridad” que le proporciona un sistema de defensa antimisiles, el “temor” a un contraataque desaparecerá y por consiguiente, sintiéndose “invulnerable”, nada le impedirá atacar.
El hundimiento de la URSS supuso para algunos políticos y estrategas estadounidenses la oportunidad histórica para abandonar el Tratado ABM y la lógica de la disuasión nuclear heredada de la Guerra Fría, y establecer una nueva lógica -unipolar- basada en la hegemonía mundial de EEUU y su capacidad ofensiva-defensiva.
Y ahora, cínicamente, representantes de la OTAN responden al gesto de Putin diciendo que se sienten “desilusionados”. Pero, ¿qué haría Bush si Rusia instalara bases militares y elementos de un escudo antimisiles en México?
